El 24 de junio de 2026, comenzó en el estado La Guaira con la rutina gris de un amanecer lluvioso. Nadie en el litoral central venezolano imaginaba que la pasividad de esas nubes, que se disiparon al mediodía para dar paso a un sol resplandeciente, era la antesala del peor desastre de su historia reciente.

Las calles desbordaban la cotidianidad de siempre: El rugir de los motores, mezclado con las risas de los niños que jugaban en las aceras, y la prisa de quienes cumplían su jornada laboral. Todo parecía estar en calma.
A las 5:00 de la tarde, un abrupto bajón eléctrico interrumpió la tranquilidad de los hogares y comercios. Fue el primer aviso. Minutos después, mientras las familias se preparaban para la cena o regresaban del trabajo, un zumbido unísono y estridente rompió el ambiente: Las pantallas de los teléfonos celulares se encendieron en masa con una alerta de sismo.

El desconcierto tardó apenas milisegundos en transformarse en pánico real. El suelo comenzó a agitarse. Lo que inició como un leve balanceo, se convirtió en una sacudida brutal e interminable.
Un primer impacto de magnitud 7.2 fue seguido de inmediato por un segundo golpe telúrico de 7.5. Mantenerse en pie se volvió un reto imposible. En los edificios de la región, los gritos y las súplicas se ahogaron bajo el crujido del concreto: Algunas estructuras se desplomaron en segundos; otras empezaron a desmoronarse pedazo a pedazo.En medio de ese colapso se encontraba la familia Peña Sousa.

Hairan Peña, al sentir la violencia del terremoto, corrió instintivamente a abrazar a su esposa e hija con la única misión de protegerlas con su propio cuerpo. Cuando el bamboleo principal cesó, la pesadilla apenas comenzaba.
Al intentar huir del apartamento, descubrieron que la reja principal se había trabado por la deformación del marco. Desesperado ante la amenaza de una réplica inminente, Hairan pateó el metal una y otra vez, pero fue inútil. Fue la solidaridad de un vecino, que comenzó a romper la cerradura desde el pasillo, lo que les permitió abrir la puerta.

Al salir al pasillo, el desafío ya no era resistir el sismo, sino sobrevivir al caos exterior. Abriéndose paso con las manos desnudas entre los escombros que obstruían la salida, la familia Peña Sousa logró llegar a la vía pública. El panorama era desolador.
«Nos sentíamos en un estado sin ley», relata Hairan. Los vehículos avanzaban a velocidades suicidas, sin importar quién estuviera enfrente; personas ensangrentadas caminaban desorientadas bajo una densa cortina de polvo que nublaba la vista, y decenas de ciudadanos permanecían de rodillas implorando por sus familiares.

Tomados de la mano, avanzaron entre las ruinas hasta refugiarse provisionalmente en la casa de un pariente, soportando el eco constante de las réplicas. Sin embargo, la tregua duró poco. Horas más tarde, una nueva notificación hizo eco en la población: Una alerta de tsunami.
El desespero fue absoluto. La población civil y los propios funcionarios de prevención corrieron en masa hacia las zonas altas en busca de refugio. La evacuación fue un reflejo de la desesperación humana: Familias enteras corriendo a ciegas, niños separados de sus padres en la oscuridad y personas con discapacidad subidas a toda prisa en carritos de supermercado para poder ascender las pendientes. En la cumbre de las montañas, bajo la mirada fija del miedo, los sobrevivientes pasaron la noche en vela, esperando una ola que terminara de arrasar con lo poco que quedaba.
Al amanecer del día siguiente, la confusión dio un nuevo vuelco. Autoridades locales informaron a los refugiados en el cerro que la alarma de tsunami había sido falsa.
«No sabíamos en quién confiar, porque habían sido los mismos funcionarios que anunciaron la alerta», explica Hairan.
Con recelo, la multitud comenzó a descender, encontrándose con calles desiertas y contados equipos de rescate que removían escombros de forma precaria para intentar hallar sobrevivientes.
Sin mirar atrás y con el peso de proteger a los suyos, Hairan logró contactar al resto de sus familiares. Horas después, la familia Peña Sousa abandonaba el litoral central rumbo al estado Monagas.
Dejaban atrás los escombros de lo que fueron sus años de esfuerzo, sus pertenencias y los rostros de los vecinos que formaron parte de sus vidas, llevando consigo únicamente el alivio de haber sobrevivido a la catástrofe.
»¡Nos vamos con la promesa de nunca olvidar a quienes formaron parte de nuestras vidas!»
Periodista del estado Monagas.

Otras informaciones
Maturineses elevan oraciones y piden por los afectados de los terremotos
Destruidas quedaron las escaleras del sector Palo Negro en Maturín
Juventud de Monagas se solidariza con damnificados de los terremotos